En cárcel de mujeres, lágrimas y lavado de pies

Gran emoción en el penal femenino por el rito del Jueves Santo

La tradicional ceremonia del lavado de pies. El Papa Francisco en una prisión de mujeres en Roma (foto: ANSA)
La tradicional ceremonia del lavado de pies. El Papa Francisco en una prisión de mujeres en Roma (foto: ANSA)

(ANSA) - CIUDAD DEL VATICANO, por Fausto Gasparroni - El papa Francisco acudió hoy a la cárcel de mujeres de Rebibbia, en Roma, para el tradicional lavado de pies.
    Como un simple párroco, con un delantal blanco sobre sus vestimentas litúrgicas y sentado en una silla de ruedas, durante la misa "in Coena Domini" en la prisión de mujeres, el Papa Francisco lavó, secó con un paño y besó los pies de 12 detenidas, de diversos orígenes y nacionalidades: bosnias, italianas, ucranianas, peruanas, búlgaras, nigerianas y venezolanas.
    Y la emoción entre las detenidas era incontenible, entre sollozos y llágrimas, como ocurre entre el resto de reclusas y el personal penitenciario.
    Ésa es la imagen que quedará de esta misa de Jueves Santo, que abre el Triduo Pascual -tras la misa "crismal" de la mañana con 1.800 sacerdotes del clero de Roma- y para la que el Pontífice argentino, como ya lo hacía en Buenos Aires, regresó nuevamente a una cárcel, por primera de mujeres, en Rebibbia, aunque ya en 2015, en el "Nuovo complesso", había realizado el ritual del lavado de pies a seis hombres y seis mujeres.
    El año pasado estuvo en la prisión de menores de edad del Casal del Marmo, al igual que en 2013, su primer año de pontificado.
    Otras prisiones que a lo largo de los años han experimentado esa cita con el argentino Jorge Mario Bergoglio, la de Paliano (Frosinone), la romana de Regina Coeli, la de Velletri.
    Precisamente el gesto de humildad y de humanidad muy fuerte del "lavado de los pies", especialmente hacia las personas que sufren los errores del pasado y la privación de libertad, es lo que determina el nivel más alto de emoción, el cual caracteriza toda la visita del Papa a la prisión de mujeres, que duró poco más de una hora.
    Con el lavatorio de los pies, explicó el Pontífice en la breve homilía pronunciada espontáneamente, "Jesús se humilla y con ese gesto nos hace entender lo que dijo: 'No he venido a ser servido, sino a servir'. Él nos enseña el camino del servicio".
    "Es un gesto que llama la atención sobre la vocación de servicio. Pedimos al Señor que nos haga crecer, a todos, en la vocación de servicio", expresó.
    Hablando luego de la traición de Judas, Francisco subrayó que "Jesús perdona todo. Jesús siempre perdona. Sólo pide que le pidamos perdón. Una vez escuché a una anciana sabia, una anciana abuela, del pueblo. Ella dijo: 'Jesús nunca se cansa de perdonar: somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón'".
    "Hoy pedimos al Señor la gracia de no cansarnos -concluyó-.
    Todos tenemos siempre pequeños fracasos, grandes fracasos: cada uno tiene su propia historia. Pero el Señor siempre nos espera, con los brazos abiertos, y nunca se cansa de perdonar".
    "Su presencia aquí es un rayo de sol, que calienta el corazón y reaviva la esperanza de poder empezar de nuevo, incluso cuando empezamos de cero", le dijo al Papa la directora Nadia Fontana al final de la misa, dirigiéndose a él con su "gracias" en nombre de quienes viven "en este lugar, 360 reclusas y un niño", así como del personal, policías penitenciarios y voluntarios.
    Las reclusas, por su parte, le ofrecieron al Papa tres regalos: una cesta de frutas y verduras de la granja de la prisión, un rosario elaborado en el taller de collares y estolas bordadas en el taller de costura.
    Francisco, por su lado, donó un cuadro de una Virgen con el niño.
    Y otro regalo de su parte fue un huevo de Pascua gigante, mientras que un huevo más pequeño fue para pequeño Jairo Massimo, de tres años, que lleva nueve meses en prisión con su madre. (ANSA).