Un carnaval con albahaca, harina y folklore

La fiesta de La Chaya incorpora perspectiva de género

Fiesta de la Chaya: la quema del Pujllay (foto: Graciela Cutuli)
12:15, 18 febLA RIOJA (ARGENTINA)Graciela Cutuli

(ANSA) - LA RIOJA (ARGENTINA), 18 FEB - La provincia de La Rioja, una tierra de viñedos y olivares, con espectaculares paisajes de piedra rojiza y gran riqueza paleontológica, celebra durante febrero la fiesta de la Chaya, una suerte de carnaval de origen ancestral que invita a una celebración colectiva de música, danza, "topamientos" y leyendas.
    Aunque la Chaya se superpone en parte con el carnaval y comparte algunos de sus ritos -la fiesta colectiva, la anulación de las diferencias, la alegría popular volcada en las calles- la celebración riojana tiene su propio origen y sus propios ritos.
    Por un lado hay un escenario oficial, montado en el autódromo de la capital provincial, donde se dan cita los grandes nombres del folklore argentino y la música popular, como fueron en la edición 2020 Luciano Pereyra, Soledad o Sergio Galleguillo. Pero la Chaya riojana se vive sobre todo en los pueblos, las calles y las casas.
    Al recién llegado le llamará la atención un muñeco de cartón y trapo que luce rigurosamente sentado en la entrada de los hoteles, los negocios, los restaurantes y cafés: es el Pujllay. "Chaya 2020", dice en su "caja chayera", el instrumento de percusión que acompaña los ritmos folklóricos del Noroeste. ¿Pero quién es el Pujllay? La contraparte necesaria de una fiesta que tiene nombre de mujer. Porque Challay -la Chaya- era la más bella joven de una tribu diaguita que habitaba entre los valles y quebradas de la región: y un día -mito obliga- se enamoró de Pujllay, que en algunas versiones de la leyenda es un semidiós picaresco y en otras un colono blanco de paso por La Rioja.
    Pero no pudo ser: para que nazca la fiesta antes hay tragedia. Y así el amor imposible de la Chaya, rechazada por Pujllay, terminó en un desengaño que la llevó a vagar por los cerros hasta convertirse en nube y volar al cielo, esas mismas nubes como las que hoy coronan las cimas de la Sierra de Velasco y el Cordón de Famatina. Así, cada mes de febrero, vuelve la Chaya transformada en ese rocío que se posa sobre las blancas flores del cardón. Y Pujllay, ebrio de arrepentimiento, muere ardiendo en las llamas de un fogón. Por eso mismo la fiesta concluye cuando se quema ese omnipresente muñeco de trapo y cartón, último rito del paroxismo popular de danza y música que se equipara al carnaval y se acompaña siempre con ramitos de albahaca y puñados de harina.
    Este año, la novedad es que el gobierno riojano resignificó la leyenda de la Chaya con perspectiva de género. Victoria Estrada -coordinadora de Planes Educativos del ministerio de Educación provincial- destaca que esta perspectiva aparece en que la historia de Chaya y Pujllay "ya no se basa en un amor no correspondido sino en un desamor producto de un desencuentro". "Lo que se introduce es que Chaya es una mujer fuerte, que además del amor que había aprendido a desarrollar por Pujllay, un amor propio y que también amaba mucho a su pueblo", explicó.
    "Esto significa que más allá del amor que uno puede sentir por el otro, si hay amor propio también puede haber independencia, libertad, que no se genere una dependencia en las relaciones afectivas porque en la historia anterior decía que Chaya estaba perdidamente enamorada de Pujllay y que ante la no correspondencia se va a las montañas a llorar. Eso no. Esto es: está enamorada de Pujllay pero también se amaba mucho a sí misma y sentía mucho amor por su pueblo, razón por la cual se va a las montañas en busca de agua para solucionar uno de los problemas grandes del pueblo que era la sequía", concluyó.
    Mientras los tiempos cambian, el pueblo celebra. Y lo hace en los encuentros en las casas, las peñas y las plazas, que apenas comienza la tarde se llenan de música y baile: corre el vino, el célebre torrontés riojano, y hombres y mujeres, chicos y grandes, jóvenes y viejos, se arrojan agua, harina y ramos de albahaca. Así lo hacen en la casa de Pino Romero, uno de los "patios" más tradicionales para festejar, que abre sus puertas desde hace 12 años: "Yo los invito que vengan a chayar -cuenta ante la multitud que se apiña en su casa-, el que quiera cantar que cante. Esta es mi casa, recibo a todos acá. La Chaya es amistad, respeto, recuerdos, orgullo, no es chayar solo el día de la Chaya", explica. Y en en su casa entonces, como en otros patios y peñas, donde se bendicen los frutos, donde se amasan el pan y la "guagua" -una suerte de gran corona de pan dulzón- y se sirve la "cabeza guateada", una cabeza de vaca cocida en un hoyo en la tierra como si fuera un horno de barro. Al final, llega el "topamiento". Hombres de un lado, mujeres del otro, y a elegirse y bailar apenas las "comadres" dan la orden: y como punto final, la quema del Pujllay, que arde entre danzas rituales y es tanto el símbolo del final como la promesa de un nuevo comienzo.
   

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